En el resguardo de Atánquez, Cesar, se gesta un proceso de recuperación de las tradiciones indígenas • Hoy, Día de la Raza, se destaca la búsqueda de la reivindicación de esta etnia.

Al principio no teníamos muchas cosas, solo una mesa y pocos libros”, cuenta Paloma Torres, de 10 años de edad, al recorrer con su mirada la biblioteca del resguardo indígena de Atánquez, Cesar.

“Después se fue arreglando todo y pudimos venir a jugar, a leer, y también a aprender de nuestra cultura kankuama”, afirma la niña, quien hace parte del proceso de recuperación de los saberes ancestrales desde el escenario de la biblioteca.

En las estanterías de libros que recorre Paloma no faltan  los textos de historia que referencian el día de hoy con el avistamiento de América por parte de Cristóbal Colón.

El día de la raza

Esta fecha, designada como el Día de la raza, ha pasado de  conmemorar el discurso del descubrimiento de América a celebrar la reivindicación y el respeto por las culturas originarias del continente. Entre ellas, las cerca de 84 etnias que existen en Colombia, en las que está incluida la de los kankuamos.

Este grupo indígena vive al norte del territorio nacional y comparte la cultura y la tradición de los otros pueblos que cohabitan en la Sierra Nevada de Santa Marta, como los kogui, wiwas y arhuacos.

“Somos la cuarta pata de la Sierra. La cuarta pata es la que da estabilidad a la mesa”, dice Solon Arias, miembro de la comunidad, quien señala que gran parte de “la tradición ancestral se ha perdido”.

Solon recuerda que, entre las décadas de los años cincuenta y sesenta, su comunidad vivió un proceso de enajenación de la cultura, a raíz del contacto con las costumbres de Occidente. “Llegó un momento en que los líderes no querían ser más indios, ni kankuamos. Quisieron ser civilizados”, comenta Solon, y explica que esta actitud ocasionó una pérdida de la misión y las costumbres indígenas. “Perdimos elementos de la lengua, del vestido tradicional y muchos valores de la identidad”.

En Colombia, pueblos indígenas como los yanacona, del Cauca; los mokaná, del Atlántico, y los zenú, de Córdoba y Sucre, se encuentran, al igual que los kankuamos, en procesos endógenos de reivindicación lingüística porque han perdido su dialecto. Sin embargo, la diversidad en este aspecto continúa siendo grande en el país y se refleja en las 68 lenguas diferentes que se hablan en Colombia.

Más que libros

En este contexto se erige la mejor biblioteca pequeña del país, un reconocimiento que entregó el Ministerio de Cultura el pasado mes de septiembre al proyecto de Atánquez, que frecuenta Paloma y otros niños del resguardo. Allí se exhiben, en una de sus paredes, los números del 1 al 5 con sus equivalentes en la lengua tradicional kankuama.

El espacio está dividido entre la zona de libros y un punto Vive Digital, que puede albergar más de ochenta niños en una sola jornada los días sábado.

En un día normal, durante la mañana, llegan entre 20 y 30 usuarios infantiles para consultar libros, jugar ajedrez y también pintar montañas y colorear paisajes verdes con árboles frondosos como los que los rodean. En ese mismo espacio aprenden a utilizar Internet y sacian la sed de las horas más calurosas bebiendo de una tinaja tradicional de barro.

Un par de estudiantes llega y pregunta a Souldes Maestre, el bibliotecario, por un libro en el cual consultar sobre las fases de la Luna y los tiempos de cosecha en su cultura. Souldes los remite a las principales bibliotecas vivas de la comunidad: los abuelos.

“Eso no lo van a conseguir en los libros que tenemos. Vayan y pregunten por el abuelo Rafael, él sabe mucho de esos temas de nuestra cultura”, dice, mientras los muchachos emprenden la ruta hacia la casa del mayor.

“La biblioteca se ha convertido en un espacio de intercambio generacional donde los niños y jóvenes aprenden de los mayores, porque si no mantenemos esos conocimientos nos vamos a extinguir como pueblo”, afirma Maestre.

Protegidos por la ley

La Corte constitucional defiende la diversidad cultural al sentenciar que los grupos humanos que por sus características culturales no encuadran dentro del orden económico, político y social establecido para la mayoría, tienen derecho al reconocimiento de sus diferencias con fundamento en los principios de dignidad humana, pluralismo y protección de las minorías.

Pero, aunque estos pueblos están protegidos por la ley, las realidades que enfrentan para mantener vivo su legado cultural van desde la influencia del mundo globalizado hasta los conflictos sociales de este país.

Uno de los grandes golpes que ha sufrido el pueblo Kankuamo es la violencia. Entre el 2000 y 2003, fue la época más difícil.  dejó más de 300 indígenas asesinados y ocasionó el mayor índice de desplazamiento forzado en esta comunidad. El reintegro a las comunidades del resguardo inició en 2006, pero las secuelas aún persisten y confluyen en la biblioteca.

“La biblioteca ha transformado la población porque ha servido para sanar las heridas de la guerra”, cuenta el bibliotecario. “Aquí se encuentran papás que no se gustan por las cosas que pasan en el conflicto. Es un lugar donde todo convive, un escenario de paz”, afirma Souldes Maestre.

Este escenario de armonía no se limita al espacio físico, los libros y los conocimientos viajan de comunidad en comunidad con una dotación de libros itinerante que incluye actividades de lectura junto al río. También se realizan videos animados hechos por los niños donde, además de la convivencia, promueven el respeto por el medio ambiente.

“El otro día hicimos una animación sobre cómo la minería está destruyendo el medio ambiente”, comenta Paloma y agrega “hicimos la historia de un robot guardián que protege la Sierra para que la tierra esté sana y salva, para que no la destruyan”.

La nueva generación

Paloma entra en la biblioteca acompañada por su amiga Alejandra Estrada, quien tiene la misma edad. Ambas estuvieron en el grupo de seis niños con los que empezó a funcionar el proyecto hace 2 años.

Alejandra entra vestida con una manta blanca, collares hechos en semillas de tonos grises y descalza, muestra orgullosa el típico atuendo para bailar la gaita, música tradicional de la etnia.

“La historia de nuestro pueblo Kankuamo, la música todo se estaba perdiendo. Nosotros queremos recuperar los niños bailando, las mantas. Lo que más me gusta es bailar la gaita y el chicote”, afirma  Alejandra que  comparte son otros niños de la biblioteca sus conocimientos de  la música tradicional.  concepto de patrimonio para nosotros es importante porque sin él no podemos pervivir. No es de vitrina, es algo vivo que tiene que transmitirse”, expresa Souldes.

El proyecto de la biblioteca Kankuaka de Atánquez Cesar recibió un reconocimiento especial  como finalistas del Premio Daniel Samper Ortega que entregó el Ministerio de Cultura en el mes de septiembre de este año, en la categoría de pequeñas bibliotecas.

“Nosotros como somos una pequeña biblioteca no pensamos que íbamos a ganar”, dice Paloma al recordar el triunfo. “Nuestro esfuerzo sí valió la pena, todo lo que hemos hecho aquí.

En el territorio en el que en una época los líderes quisieron “civilizarse”, ahora los mayores transmiten los saberes a las nuevas generaciones en los conversatorios que se hacen bajo la Maloca, detrás de la biblioteca, después de un arroyuelo que los niños cruzan caminando sobre un tronco caído.

“Hay un mamo que se baña en polvo de oro y va en una canoa hasta el centro de una  laguna que está en la Sierra”, relata Alejandra, mientras Paloma se adelanta para continuar la historia. “Cuentan que él va tirando todo el oro que le dan los otros indígenas para que el agua no se seque, pero tampoco inunde todo. Esa historia no las contaron unos mayores de acá de Atánquez que vinieron a la biblioteca para que escuchemos sus historias”.

Articulo Original

 

http://www.elheraldo.co/tendencias/una-biblioteca-para-transmitir-la-herencia-de-los-kankuamos-222153